Indudablemente el ser humano tiene una capacidad innata para soportar el dolor del que realmente no es consciente. Llegado a un determinado punto, el consciente, al borde de estallar ante la intensidad de la herida, se desvanece y queda en alas del sopor, crea una barrera entre lo real y lo deseable y se pierde en un agujero oscuro.

Es cuando el dolor arrecia.

Lo he visto estos días en las noticias radiofónicas, en los titulares de los periódicos, en los informativos televisivos.

Imágenes desgarradoras de seres humanos sufriendo lo indecible ante la terrible tragedia  y pérdida de sus seres más queridos. Vidas destrozadas con un fin posiblemente evitable. Vidas rotas con el peso a hombros de no poder vivir, convivir, ver, palpar y disfrutar del paso a paso diario con aquellos de los que han formado parte, cuya vida incluso han creado.

De los forzados a partir queda la duda de si hubo una última consciencia, un último miedo, una última esperanza.

De los que aún están, ya sean víctimas o familiares, queda la impotencia de no llegar a saber nunca lo ocurrido. No lo sabrán. Spanair se niega a hacer pública las ultimas conversaciones de los pilotos en la cabina de mando, primordial para esclarecer lo sucedido.

Ellos, Spanair, investigadores, y técnicos sí lo saben. Los demás no.

Yo me pregunto si esa negativa pueda llegar a ser por intereses económicos, tema primordial, según parece, en la normativa de la compañía.  Ya se sabe que la ambición está, a los ojos de mucho, muy por encima de lo esencialmente humano.

La desgracia es que ya nada podrá volver a ser como antes para los afectados, tanto vivos como muertos.

Yo creo que al menos tienen el derecho de conocer, de saber, por qué fueron matados sus seres queridos. Aunque ínfima, es una manera de hacer más llevadera la terrible vida que les queda por delante.

Simulador accidente 20-08-2008 Aeropuerto de Barajas vuelo Madrid-Las Palmas